Historias destiladas

Oye pre-mamá

Posted in Personal y transferible by Cristina Vera Peinado on agosto 17, 2010

Imagen de la película Juno

Recupero aquí un artículo publicado en IDEAL el 30 de abril de 2004.  Faltaban 4 meses para que naciera el protagonista de los “Oye mamá”.

Dedicado a ELLAS, con un guiño cómplice y gamberro.



ESTE domingo es el Día de la Madre, y parece mentira que sólo los grandes almacenes estén concienciados del justo homenaje que merecen estas heroínas. Brindemos por ellas: Arriba, abajo, al centro comercial y de compras: mamá se lo merece todo. He aquí algunos aspectos de su biografía que lo justifican.

La prueba

Te acercas a la farmacia con un botecito de orina, esa de la primera hora de la mañana. No has tomado un mal café y ya te piden puntería olímpica. Empieza la épica del embarazo. Hasta ese momento no eras más que una chica más o menos lista, más o menos mona, más o menos venialmente viciosilla (frecuentemente acodada en la barra de ‘El Candela’ con un rubio encendido y una rubia fresquita, dieta basada en algo de comida rápida, mucho de tapeo anárquico y ocasionalmente plato de cuchara siempre a poco ortodoxas dosis y en horarios libertarios). Ahora debes convertirte en Miss moderada y Lady equilibrio; comida sana, nada de cigarrillos, la rubia ni probarla, horarios decentes, descansar mucho, dormir más y por favor, siempre relajada y al tiempo manteniendo el tipo laboral que para eso somos mujeres siglo XXI que compatibilizan su ‘yo’ mamífero con el nosotras al poder.

Entras, armada con tu primera micción y la entregas pudorosa a un(a) sonriente batablanca que te pide esperes tres minutillos, un plazo agónico para pasarlo en pie ante las miradas sonrientes del resto de los clientes de la botica. Es el primer signo de que lo que para ti es íntimo para el mundo es público. Tu embarazo, querida, es cosa de todos y todos opinarán sin inconveniente alguno en volverte loca con toda suerte de consejos, comentarios, anécdotas y frases antológicas contradictorias y frecuentemente aterradoras. Tres minutos. Un tiempo demasiado escaso para ir a tomar un café (ve olvidando también al amigo negro) y repasar los titulares para disfrutar de tu último refugio de intimidad en nueve meses.

Llega el resultado: Positivo

Tu pareja te mira arrobado. Compañero de salidas, de entradas, de ires y de venires, en una igualdad cómplice que, amiga, se acabó. Ingenuamente dices: «¡Estamos embarazados¡». Él se toma unas cañas para celebrarlo y tú te despides de la rubia hasta mejor momento. Empezamos mal. Él va a tener un hijo. La que estás embarazada, hija mía, eres tú.

La primera vez que amigos y familiares tienen noticia del embarazo comienza la secesión social. A ti te dirán ¡mi niña! con ternura victoriana y a él un ¡Tíííío! atronador y bien camionero. Definitivamente papá ha puesto la semillita en mamá con éxito de público y crítica. El mundo ya no se compone de hombres y mujeres sino de los no embarazados y tú, la hembra de la tribu.

Nuestra generación no ha tenido más remedio que retrasar la maternidad y la mayoría de las flamantes preñadas no cumplirán ya los treinta… ni ellos tampoco. Tu chico no volverá a celebrar su trigesitantos cumpleaños y claro, piensa y se ve frisando los cincuenta con un crío de 10 al que tiene que deslumbrar jugando al fútbol. Se pone manos a la obra con deporte y otras sandeces y aguapa y aguapa mientras a ti solo te faltan las asas para que te reparta el del butano.

En el trabajo le respetan más. Como a otros peterpanes de su camada, la paternidad le dota de una súbita aureola de solidez y respetabilidad que encanta a los jefes. Ya no es ese ‘chico’ con talento y experiencia pero algo dispersillo: ha sentado la cabeza, (concretamente la cabeza de familia) y asume responsabilidades: es un tío serio, un valor en alza para la empresa. Pero tú, amiga, tendrás ahora otras prioridades. Ya no eres una profesional preparada y aún joven con ambición e índices de productividad y entrega a la empresa de inhumana perfección. Los jefes son así: creen que él sienta la cabeza mientras tú te dispones a enterrarla entre pañales y reuniones de padres de alumnos dejando apenas un par de neuronas y algunas horillas para el trabajo. El niño viene con un pan debajo del brazo y tienes la sensación de que tu chico se lo zampa entero. Entonces te das cuenta de que el famoso ‘techo de cristal’ está hecho en realidad de líquido amniótico.

Ya ves, mientras tu chico se crece tú te ensanchas, y en paralelo la gente se vuelve loca. Empiezan con el «cada día estás más guapa». Serán cosas mías, pero yo me veía más mona con ese tanguita de la 38. Ahora te debates entre lacitos y baberolas o esos sacos singracias de la XXL. Definitivamente la ropa pre-mamá no ha hecho el viaje al centro. También afirman sin rubor y todos a una «un niño te cambia la vida…» ¡y no siguen! ¡Lo sueltan y se callan con una sonrisa inextricable! Es una contraseña secreta que todos parecen conocer mientras tú esperas alguna explicación sumida en el suspense.

Aún más inquietante: tu amiga la madre. «Tardé meses en quitarme los kilos y aún así mis caderas y mamarias nunca han vuelto a ser las mismas. No pegué ojo durante la lactancia y olvidé aspiraciones laborales más allá de lo femeninamente correcto. El niño, digan lo que digan, es de las madres y ¡te sentirás tan sola! El pobre llora y tú no entiendes por qué. Resulta desesperante. Estarás muy asustada, pero tranquila: luego es peor, que no meta los dedos en el enchufe, no se lleve marranadas a la boca y esas cosas. Después ponte a buscar guardería y a ver si hay suerte, mona, y es que…»

Por supuesto a ti se te ponen malos los cuerpos. Tras la retahíla, tu amiga recupera el aliento, esboza una sonrisa y con la mirada algo perdida te suelta: «Pero merece la pena» ¿Qué demonios quiere decir que merece la pena? ¿Es que el mundo entero se ha vuelto gallego?

Y en este punto estamos, suficiente para pedir no un día de la madre sino alguna calle y un par de plazas para esas mujeres que superan esto y más ¡ y encima te quieren! Señoras, mis respetos. Homenaje ¡ya!

(*) Acababa de cumplir 33 años, y 5 meses de embarazo. YSÍ: merece la pena 🙂

Las imágenes pertenecen a la película “Juno”

Gracias a @juanlarzabal por localizarlo y a @Sagraft que me lo pidió

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Una respuesta

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  1. Begoña said, on septiembre 21, 2010 at 10:11 pm

    ¡Vaya si merece la pena! Noches sin dormir, carreras detrás de ellos, llantos, pero con una sonrisa, o en tu caso un “Oye mamá” se te olvida todo y se te pone una cara de tonta que no veas. He descubierto tu blog y me ha gustado mucho, te seguiré.


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